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Más whisky que sangre

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No quería que fuera una historia de esas que se cuentan con un cigarrillo en la mano, mientras un frío recorre mi cuerpo cada vez que mis labios pronuncian su nombre.

Días antes, estábamos en la cama disipando ese sabor a mierda de un domingo a la madrugada. Había caído la noche, y aunque estaba oscuro, pequeños rayos de luz del alumbrado público se filtraban por la persiana dejándome ver todo un futuro en sus ojos, mientras ella, ingenua, me contaba una historia que le había sucedido al final del verano del año pasado.

Las ventanas estaban abiertas, mientras entraba un frío que nos dejaba inmóviles. Yo le sentía mía, porque le tenía entre mis brazos, pero como casi siempre, estaba equivocada.

– Melissa, decime cómo voy a hacer para sentirme cómoda y volver a dormir nuevamente en mi cama –  me dijo, con un gesto de preocupación pero resignada, dejándose llevar por lo que sentía.

Al verme invadida por aquellos sentimientos y sin decir palabra alguna me levanté de la cama, me puse su camisa como para no perder la costumbre, busqué la cajetilla de cigarrillos, me senté al lado de la ventana y para no hacer evidente las ganas de huir por medio de aquel pequeño tubo lleno de tabaco, antes de encenderlo, la miré y le sonreí.

Lo que aún no sabía era que más que un cigarrillo era una compañía, que sería quién estaría ahí, más adelante, cuando me atreviera a escribir esta historia, en aquella libreta que cargo siempre, para escribir todo aquello que ha sido digno de ser vivido. Es decir, cuando finalmente tuviera el valor de repasar cada herida, cada grieta, cada pedazo fragmentado.

Desde la ventana se veía la ciudad. Estábamos en un décimo piso, y me sentía más cerca de las nubes que de aquellas calles, tan ajenas a todo lo que allí, en esa habitación, estaba sucediendo.

Pegué la primera bocanada, como si me hubiera detenido en el tiempo por unos segundos contemplando Medellín, mientras afuera la ciudad seguía su rumbo, tan afanada y tan indiferente.

Regresé a la cama, pero Verónica se había quedado dormida. Me acosté a su lado, la abracé y pensé – ¿Hasta qué punto me has llevado, mujer?-

Recuerdo que algunos meses atrás me había prometido no volver a querer. Había quedado devastada con aquella lucha incesante como para abrir nuevamente aquellas puertas empolvadas que al primer error deciden cerrase solas.

Mientras Verónica dormía, me incline para alcanzar mi libreta, que se encontraba en la mesita de noche. Tomé un lapicero, y sin hacer ningún ruido, empecé a escribir sobre todo aquello de lo que estaban llenos mis pulmones, allá adentro se encontraba un universo lleno de colillas de cigarrillo y recuerdos suyos. Me invadía el miedo de contemplar la posibilidad de que ella abriera sus ojos y descubriera el placer que me daba escribir en aquella libreta, con su característica portada de elefante, llena de trivialidades. Sin embargo, continué, y de vez en cuando la miraba para asegurarme que seguía durmiendo. Pero es que no podía dejarlo para otro momento, sentía la necesidad de escribir en ese mismo instante, para no morir, o simplemente para no olvidar.

Ahora, siento que cierro los labios con fuerza, como aquella madre que abraza a su hijo, segundos antes de que sea fusilado, para no dejar salir aquel adiós tan necesario y tan nuestro mientras recorro las tristes calles de esta ciudad. Melissa, aunque tal vez lo triste no son las calles, me digo. Tal vez la tristeza me ha invadido y me ha cegado, porque Medellín sigue ajena a todo lo que en estos meses nos ha venido sucediendo, tal vez le he otorgado un peso que no ha merecido y la he condenado por algo que nunca hizo, porque no fue ella la que decidió quererte, porque no fue ella la que te hizo dueña de mis domingos, porque ella, no tiene ni idea de que aquella noche -La que nos conocimos- ignoré la cordura y con más whisky que sangre en las venas, me lancé a tus brazos.

‎Peche Benú.

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