Entre montañas

Como si hubiera escogido el día

más montañoso del año

como si las montañas hubieran decidido

cubrir el miedo

de nosotros los caminantes…

Aquella mañana

tomé mi libreta

el libro empezado que tenía en la mesita de noche

la cajetilla de cigarrillos

y me alejé.

Al pasar por aquel bosque

irrumpido por tu ausencia

sentí la necesidad

de mirar atrás.

Y me dolió no querer volver

pero me perdoné por ello.

Johana Tarquino Castro.

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Santuario

Todo comenzó el miércoles en la tarde, yo había salido por comida para peces y un cenicero nuevo en guadua. No había nadie más en la casa, no sabemos cómo, ni cuándo comenzaron a entrar. Le había dicho a mi madre mil veces que cerrara todo mientras estuviera en su cuarto y a mi hermano igual, pero él nunca estaba. Sin embargo ese día llegó por la noche, un poco antes que yo, y fue el primero en notar las silenciosas presencias. Lo primero que hizo entonces fue ir a ver a mamá a su habitación, pero estaba dormida, el televisor hacia ruido, lo apagó, le quitó los lentes y cerró el frasco con los analgésicos. Cuando llegue, lo encontré sentado en el descansa pies del sillón de mamá. Apenas lo mire levantó la cabeza.

¿No lo notaste? Me preguntó

No, ¿qué pasa? Respondí intrigado

Vuelve a la sala y mira hacia el techo en lugar donde está el comedor, me dijo

De inmediato me devolví, las luces estaban todas apagadas, a mamá le fastidia muchísimo el resplandor, no soporta la luz. Cuando llegue al comedor, vi que la mesa estaba servida con los platos vacíos y manchados de comida, imaginé entonces que ella había pasado un mal día, me preocupé, detesta dejar las cosas sucias, tuvo que haberse sentido muy mal. Cuando terminé de recoger los platos volví, y como me había indicado mi hermano, mire hacia el techo sobre el lugar donde estaba el comedor. En las últimas vigas de madera que sostenían el techo, reposaban tres mariposas enormes, de alar marrón.

A la mañana siguiente, me despertó el bullicio matinal de mamá en la cocina, y sus pasos arrastrados sobre las pantuflas de plástico. Mi hermano estaba en la mesa esperando el desayuno. Llegue y me senté a su lado.

¿Mamá no lo ha notado? Pregunté

Sí, y no se escandalizó para nada, dijo que significaba buenas noticas, pero miente, antes ya la había escuchado decir que esos animales son de mal augurio, no les teme al parecer, y eso que hoy amanecieron tres más cerca a la puerta del patio.

Voy a llamar un exterminador, dije en voz alta, desde la cocina mamá replicó, diciendo que no las molestara, que así como llegaron se irían también.

De a poco y con los días, las turbias criaturitas se fueron apoderando del techo de la casa, nadie las veía entrar, era como si hubieran nacido ahí, pero no, nunca vimos una larva. Durante las reuniones en el comedor, las mariposas paseaban sobre los vasos, cada vez eran más atrevidas, ahora se posaban sobre la pecera y en los retratos. A mamá no parecía molestarle en lo absoluto, y nosotros también comenzábamos a aceptar el hecho, o más bien a resignarnos. Los días siguientes mamá tuvo una recaída, la mancha marrón ya había cubierto todo el techo y bajaba casi hasta la mitad de la pared en la puerta principal. Cuando sus amigas venían a visitarla, no podían disimular los gestos de horror ante semejante espectáculo, sin embargo, no decían nada para no incomodarla. A veces, los niños vecinos se amontonaban para mirar a través del ventanal del comedor.

Cada cuanto teníamos que barrer toda la casa, las mariposas se morían ahí dentro. La primera vez que lo noté, se lo comenté a mi hermano durante la cena. Aquel día había llegado de comprar un par más de bailarinas y una carpa, pronto tendría que dejar de comprar peces, ya no cabían en la pecera. Al entrar a la casa, me resbalé, miré al suelo y un alfombrado oscuro cubría todo el piso, desde la puerta hasta el comedor y la cocina, desde entonces nos turnamos para sacar de la casa los cadáveres alados, que en el suelo parecían hojas o como flores negras, un macabro paisaje otoñal.

Todo en la casa había comenzado a llenarse de un polvo sedoso, y que a veces nos hacía toser a mi hermano y a mí. Con regularidad teníamos que estar sacudiendo los muebles, los retratos y los elefantes de mármol sobre la mesa de centro. Pero era inútil, no pasaban dos horas para que otra vez, mamá estuviera deslizando sus pantuflas sobre un lodazal de polvo marrón y alas muertas. Ella seguía imperturbable, todas las tardes sentada en frente del ventanal, en su sillón aterciopelado con descansa pies, debe extrañar mucho el cigarrillo durante esas tardes, más cuando llueve. Un día, la transpiración viscosa de los animalitos, se hizo insoportable, al comer era un problema, pues la comida quedaba cubierta por ese polvillo.

Tuvo que pasar algún tiempo para que las mariposas salieran de la casa, recuerdo la vez que llegue y no las vi, era de noche, y al abrir la puerta, de inmediato note la ausencia, a pesar del polvo y los pedazos de ala y carne que quedaron producto del desorden en su salida. Habría que limpiar muy bien la casa, el hedor putrefacto había apestado todo y contaminado el agua de los peces. Mamá siempre supo que las criaturitas tarde o temprano se irían, y que de paso se la llevarían a ella también.

Javier Ayala.

Captura de pantalla 2015-08-31 a las 11.44.59 a.m.

Lo que aún no te quiero dejar ver

La duda nació

al descubrir

el caos desatado

en la sombra de tu cuerpo

­

Indicio

de que no es el momento preciso

de dejarte ver

el dolor que siento

al abrir las puertas de la infancia

O de tomarte de la mano

y llevarte a aquellos lugares

que frecuento sola,

como mi café favorito

o el pequeño espacio en el que escribo

Pero entre vacilaciones

conservo la certeza

de que no existe instante más perfecto

que en el que nos encontramos…

Para que un día cualquiera

-Un jueves-

(Podría ser

el más cercano)

Te lleve a conocer

aquellos pedazos fragmentados

que tanto anhelo

cuando no te tengo

Como tu alma de día

y tu cuerpo de noche

Aunque vengan siendo más tuyos que míos.

Johana Tarquino Castro.Liekeland_illustratie_CASA_illustratie-1200x846

La soledad errante.

Escribir, es sentir el mundo de manera diferente.

Es alimentar el alma, con pequeñas cosas poco trascendentales, mientras soportamos esa soledad cargante que nos acompaña en cada letra.

Nosotros, los escritores, nos complacemos con cosas simples

como la poesía

el olor de un libro nuevo,

o el sonido de las palabras extrañas, saliendo de otros labios.

Nos deleitamos, con el simple hecho de tener una idea y poder pautarla por medio de palabras, en aquella libreta pequeña que llevamos a todas partes.

Anhelamos convertirnos en poetas, para poder cambiarle el nombre a las cosas

o para sentir el placer de escribirle a la vida, a la muerte, y a todo aquello que nos inspira o que nos destruye.

Nos gusta sentir el sabor del café que nos promete más historias, a cambio del sueño

el sabor del vino, para disipar aquello que nos entristece

el sabor a la muerte, que nos deja el cigarro, mientras nos asegura que nos dará el privilegio de no durar mucho

el sabor del amor, que no deja que la soledad del escritor nos consuma

y finalmente, el sabor de la victoria, cuando alguno de los personajes que creamos, nos logra sacar una sonrisa.

Johana Tarquino.

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Mi utopía caótica

Escribir…

es pedirle a la noche que se detenga

y permanecer ahí

milésimas de segundos

mientras tu ausencia irrumpe el silencio.

Johana Tarquino.

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Alegoría

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La primera vez que me subí a un tren
recuerdo
pudo más la tristeza que el amor.

Mi cuerpo emprendía un viaje,
pero mi mente emprendía un vuelo.

Me senté
saqué aquella libreta
carente de importancia
llena de mi, llena de vos.
Suspiré.

Recuerdo…
que se agotaba la noche
y cada vez sentía menos ese deseo constante de escapar hacia otros cielos.
De saltar de planeta en planeta, de página en página.

La noche
del 15 de febrero
descubrí la única forma de parar el tiempo.
Aprendí a escribirle a ella. A lo imposible.

Mis palabras murmuraban
deambulando por aquellos vagones que olían a alguien más.
Mi corazón, no sabía qué pensar.

Se me antojó una copa de vino
porque recordé
que cuando estaba pequeña y las palabras me quedaban grandes,
mi papá me decía, por medio de metáforas
que tomar vino, era como llorar,
pero desde el alma.

Tal vez,
aquella noche
del 15 de febrero
no aprendí a escribir
sino a recordar.

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