Archivo de la categoría: Literatura

Susurro.

 

 

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Respiro con el miedo

de que algún día se me olvide respirar.

‏‍

Me cobijo con el frío de mi cuerpo

esquivando los tres besos provenientes de otros restos.

Siempre he tenido la manía

de tener una libreta

de fechas y de heridas.

10 de Julio.

22 de Septiembre.

28 de Noviembre.

Ha pasado sólo un día

y ahora los susurros

provenientes de sus labios

viven y se adaptan en las palmas de otras manos.

 

 

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Papeles para leer en el bus.

Estos cuatro poemas son un adelanto del libro: “Papeles para leer en el bus” de Michael Benítez Ortiz, que será publicado este año, el cual hace parte de la trilogía “Papeles para leer”.

 

El ídolo

Siempre pisando el mismo hueco

Voy a atravesar el mundo de

Lado                                                               a                                                         lado

Cuántos ricos caben en el tambor

De mi tres-ocho,

Cuántos muertos bostezan tu bandera.

Soy bilingüe porque conozco el silencio

                                                   Y el idioma de los árboles

El balde donde la noche vomita su sangre         —y no me deja solo

Como una mina que nunca encontró un píe

                                                     Ni un abismo en que fundirse.

 

 

Círculo vicioso

 

La gente camina por todas partes

y hacia todas partes

Pasan cerca al hospital donde nacieron

y ya tienen algo de qué hablar.

Recorren el kilometraje

de toda la tierra

y más de una vez

pero siempre están quietos.

Y tan amantes de la línea recta

Pero si la siguieran

Por ciegos

Irían a parar al mar.

 

 

El Superman de Nietzsche

 

Superman es el Superhombre

de Nietzsche,

Superman retorna eternamente

a la Coca-Cola

y hace su voluntad           de poder

así en la tierra

como en el cielo.

Superman niega a Dios

en teléfonos públicos,

dicen que Lois Lane

le pegó la sífilis

y que casi lo mata.

Superman es el Superhombre

de Nietzsche,

pero

—un momento—

¿Superman

de dónde es que es?

 

 

Envío II

A María de las Estrellas

 

Porque vale más un hipotético pelo púbico tuyo

que cualquier

—también hipotético—

poeta

De este país

enchapado en sangre.

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Era áspera la noche

 

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Era áspera la noche.

Intratable.

 

Escaseaban los matices

que irradiaba su mirada

sobre ese cielo oscuro

desligado de sus sombras.

 

Era áspera la noche.

Intratable.

 

Se regaba la nostalgia

le tomaba de las manos

comprendiendo al mismo tiempo

el arreglo con la vida.

 

Era áspera la noche.

Intratable.

 

Marcas sobre cuerpos

de sus huellas dactilares

sobre esa enorme umbría

proveniente de sus ojos.

 

Era áspera la noche.

Intratable.

 

Caminadas desoladas

de estación en estación

con el sonido que vibraba

sobre ese oscuro asfalto.

 

Era áspera la noche.

Intratable.

 

Decisiones consternadas

por sus voces en mi mente

reposaban sobre trenes

y luces citadinas.

 

Era áspera la noche.

Intratable.

 

Sensaciones de extrañeza

de sonidos venideros

en la estación 74

de un tren aproximado.

 

Era áspera la noche.

Intratable.

 

Visiones luminosas

Por farolas delanteras

Impulsos insensatos

Invadiendo todo el cuerpo

De querer atrapar el tren

para así soltar la vida.

 

Era áspera la noche.

Intratable.

El dictamen del olvido

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Tras despertar, él recordó lo que había soñado. Era la primera vez que lo hacía después de varios años de intentos fallidos. No comprendía en su totalidad por qué le resultaba tan difícil el arte de disipar los recuerdos de aquella mujer que sólo aparecía en sus sueños. Una mujer rubia, de ojos grises, blanca como las flores de una Aloysia ligustrina, con un cuerpo de diosa y una simpleza mortal por la cual se sentía invadido.

No comprendía cómo su imaginación había logrado tal obra de arte, con ese nivel de perfección, que nunca en su vida habría imaginado si hubiese estado despierto.

Carla, emanaba una belleza magnética por la cual a Joaquín le resultaba imposible no sentirse atraído. Una atracción que se asomaba por cada una de las grietas de su cuerpo, fragmentando todo lo que algún día le costó construir al lado de su esposa, Adela Suarez. Que más que su esposa, y como él decía, era el reflejo de todos aquellos mundos que había podido contemplar por medio de sus ojos.

Joaquín, cada noche se veía irrumpido por aquel universo lleno de deseo, el cual era de su agrado. Y por más que se mintiera, sólo él sabía lo mucho que quería permanecer ahí.

Después de algunos minutos de saltar de cavilación en cavilación, su mente se había nublado un poco, pero no lo suficiente para no recordar vagamente lo que había soñado. Recordaba un puente desolado, de madera gastada debido a la humedad y un aire helado que recorría cada parte de su cuerpo. Un río que no sonaba, unos ojos que no lloraban. También recordaba que al lado derecho del puente, se encontraba un espacio lleno de partículas de deseos sexuales, de caprichos carnales, y de todo lo que un hombre podría desear si tuviera a Carla al frente, pero al lado izquierdo, contemplaba aquella mirada inquisitiva que lo había hecho creer en el amor, una historia, un futuro trazado sobre las entrañas de su cuerpo –el cuerpo de la mujer que realmente amaba-. Adela.

Una mujer que amaba, pero que lo cansaba, ¿y es que cómo putas hace uno para no cansarse de la mujer que ama?, si nos cansamos hasta de nosotros mismos, decía él, en aquel juicio en el cual había sido llamado a testificar entre la conciencia y el deseo.

Un puente con una opacidad vulnerable entre la realidad y la ficción. Un cuerpo, el cuerpo de un hombre parado en medio, indeciso, atormentado. Un hombre que había aprendido hace algunos años atrás a ponerle nombre a las cosas. Una rubia que le había enseñado a personalizar recuerdos, y una morena de ojos rasgados con su característico olor a jazmín, que le había enseñado a personalizar aromas, palabras y significados.

Y el miedo, siempre presente, invadiendo aquel cuerpo indefenso lleno de temor, de desconocimiento, de justificaciones inútiles y finalmente de un imbécil incapaz de decidir.

Los humanos tenemos la manía de quererlo todo.

Y le dieron ganas de no saber nada de él. De dejar de escribirle a la nostalgia por medio de pequeños trazos, que con sus manos en aquel cuerpo frágil y desnudo, de textura blanca, pezones rosados y una infinidad de pecas había logrado contrastar.

Ahora el cuerpo del delito tenía sus huellas dactilares marcadas, y con ellas, su memoria. El gesto de trazar olores sobre un cuerpo etéreo era cauteloso y discreto, mientras en su memoria se iban desdibujando como fósiles poco a poco imágenes de esa mujer de cabello dorado, debido a que iba recobrando la realidad y volvía a caer en este mundo mortal en donde no es posible amar a dos mujeres al mismo tiempo -y por posible me refiero a correcto-.

Finalmente apretando sus ojos, como quien no quiere ver cuando tiene miedo, él decide despertar –y no sólo hablo del sueño- porque dictamina que el olvido se encargaría del resto, pero no contaba con que él era el que estaba siendo olvidado por ambos lados del puente.

Ruinas

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Dicen

que la arquitectura moderna

ha perdido la capacidad

de producir algo más que estética.

 

Pero en una ciudad

pueden caber muchas cosas.

 

Sus pasos firmes sobre el asfalto.

 

Su mirada diáfana

ansiosa por alcanzar el cosmos.

 

Sus huellas dactilares

en cada poste

abrazado por su torpeza.

 

Su restaurante favorito

vestido de casa antigua.

 

Sus regueros de vino

sobre la alfombra de terciopelo.

 

Sus colillas de cigarrillo

de esa marca extraña

que nunca logré pronunciar.

 

Sus palabras,

divagando en calles oscuras.

 

Ciudades que se van construyendo

sin necesidad de ser arquitecto

porque los planos

van trazados sobre su cuerpo,

quien fue finalmente

el que me dejó en ruinas.

 

 

Tras las bambalinas de un amor no correspondido

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Una cama, es algo tan simple como un armazón de madera con una cubierta a duras penas acolchada de uso limitado para el descanso, y una que otra vez es testigo de emociones humanas como la tristeza, la pasión, el miedo, la felicidad o el dolor. Sin embargo, mi vida no fue tan simple, más que un dolor ordinario presencié sufrimiento, un dolor casi mortal que atormentaba cada parte de su cuerpo, y como si fuera poco presencié el dolor de la traición. Yo soy la cama de Frida Kahlo.

Desde el primer momento debí dimensionar cómo sería mi vida. Después de seis años de ser una cama como cualquier otra, mi vida cambió drásticamente, pasé de brindar un uso regular a ser usada día y noche debido a que Frida contrajo polio, y poco a poco se fue desencadenando ese sentimiento de vacío cada vez que no la sentía entre mis brazos. Frida se había convertido en mi cómplice, yo disfrutaba de aquel abrazo transfronterizo que ella me brindaba, mientras intentaba ignorar una multitud de sentimientos indescifrables, y ella en medio de su dolor desplegaba un olor de esperanza, una esperanza que podía ver a través de sus ojos que se tornaba color turquesa.

El viaje a aquel universo lleno de dolor parecía no tener fin ni lugar para la compasión. Algunos años después Frida sufrió un terrible accidente mientras viajaba en un autobús. Su pequeño cuerpo fue sometido a muchas operaciones que ya ni recuerdo cuantas fueron, pero sí recuerdo la fría capa de su corsé de yeso que nos separó a pesar de que estábamos tan cerca. No entendía cómo la culpa y la felicidad podían caber en aquel pequeño espacio, esa sensación desgarradora pero al fin y al cabo llena de ella.

¿Y es que quién se iba a imaginar que algunos años después aquella niña pautaría su dolor por medio de pinceladas? ¿Quién se iba a imaginar que nos dejaría un legado lleno de autorretratos y letras diversas? Porque ella, desde sus seis años ya sabía que el dolor no era parte de la vida, sino que él se podía convertir en la vida misma. Y hablando de dolor, cómo no mencionar a Diego, aquel barrigón que siempre logró sacarle una sonrisa. Yo que presencié muchos de esos momentos puedo decir que hasta sentí ese amor tan extravagante pero finalmente puro que se tenían. Sin embargo, sólo el hecho de amarla no fue suficiente ni para ella ni para mí. Diego, más que el del autobús, llegó a ser visto como uno de los mayores accidentes de la vida de Frida. El amor que él le brindaba era intermitente y la sensación de impotencia que generaba en mí me llevó a odiarlo. Mientras Frida lo amaba hasta dormida, yo me quedaba la noche en vela pensando cómo podría matar a Diego, no entendía por qué había sobrevivido, por qué Diego no se había muerto también junto a su hermano gemelo cuando tenía dos años de edad, no comprendía por qué yo nunca pude brindarle algo mejor de lo que él le brindaba a Frida ¿Por qué él y no yo? Y como si fuera poco, yo, en medio de mi dolor, no pude estar con ella en uno de los momentos más difíciles de su vida, no pude consolarla mientras se desangraban sus entrañas y perdía lo que más había añorado desde que tenía memoria, y a pesar de que me moría por estar con ella en ese momento me consumían los celos y la desesperación de sólo imaginarme que lo único que estaba presenciando ese momento era otra cama, otra cama que no merecía estar tan presente como yo.

Ahora Frida no había luchado sólo por su vida o por la de su hijo, sino también con las secuelas que le había dejado la Poliomielitis y el accidente. Unas secuelas llenas de dolor que pronto estaría pautado en muchas de sus obras, una pintura que llevaría su mensaje de aflicción ¿Y es que cuánta pasión y cuánto suplicio se puede expresar por medio de un lienzo?

A pesar del dolor y de la frustración que sentí a lo largo de mi vida, mi amor por ella siempre fue más fuerte que todo, y aún con gratitud recuerdo aquel momento en el que sentí que me quería mientras la muerte me la arrebataba, y desde entonces volví a ser un simple armazón de madera, con una cubierta a duras penas acolchada en esta pinche mansión del olvido, La Casa Azul.

Johana Tarquino Castro.

Más whisky que sangre

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No quería que fuera una historia de esas que se cuentan con un cigarrillo en la mano, mientras un frío recorre mi cuerpo cada vez que mis labios pronuncian su nombre.

Días antes, estábamos en la cama disipando ese sabor a mierda de un domingo a la madrugada. Había caído la noche, y aunque estaba oscuro, pequeños rayos de luz del alumbrado público se filtraban por la persiana dejándome ver todo un futuro en sus ojos, mientras ella, ingenua, me contaba una historia que le había sucedido al final del verano del año pasado.

Las ventanas estaban abiertas, mientras entraba un frío que nos dejaba inmóviles. Yo le sentía mía, porque le tenía entre mis brazos, pero como casi siempre, estaba equivocada.

– Melissa, decime cómo voy a hacer para sentirme cómoda y volver a dormir nuevamente en mi cama –  me dijo, con un gesto de preocupación pero resignada, dejándose llevar por lo que sentía.

Al verme invadida por aquellos sentimientos y sin decir palabra alguna me levanté de la cama, me puse su camisa como para no perder la costumbre, busqué la cajetilla de cigarrillos, me senté al lado de la ventana y para no hacer evidente las ganas de huir por medio de aquel pequeño tubo lleno de tabaco, antes de encenderlo, la miré y le sonreí.

Lo que aún no sabía era que más que un cigarrillo era una compañía, que sería quién estaría ahí, más adelante, cuando me atreviera a escribir esta historia, en aquella libreta que cargo siempre, para escribir todo aquello que ha sido digno de ser vivido. Es decir, cuando finalmente tuviera el valor de repasar cada herida, cada grieta, cada pedazo fragmentado.

Desde la ventana se veía la ciudad. Estábamos en un décimo piso, y me sentía más cerca de las nubes que de aquellas calles, tan ajenas a todo lo que allí, en esa habitación, estaba sucediendo.

Pegué la primera bocanada, como si me hubiera detenido en el tiempo por unos segundos contemplando Medellín, mientras afuera la ciudad seguía su rumbo, tan afanada y tan indiferente.

Regresé a la cama, pero Verónica se había quedado dormida. Me acosté a su lado, la abracé y pensé – ¿Hasta qué punto me has llevado, mujer?-

Recuerdo que algunos meses atrás me había prometido no volver a querer. Había quedado devastada con aquella lucha incesante como para abrir nuevamente aquellas puertas empolvadas que al primer error deciden cerrase solas.

Mientras Verónica dormía, me incline para alcanzar mi libreta, que se encontraba en la mesita de noche. Tomé un lapicero, y sin hacer ningún ruido, empecé a escribir sobre todo aquello de lo que estaban llenos mis pulmones, allá adentro se encontraba un universo lleno de colillas de cigarrillo y recuerdos suyos. Me invadía el miedo de contemplar la posibilidad de que ella abriera sus ojos y descubriera el placer que me daba escribir en aquella libreta, con su característica portada de elefante, llena de trivialidades. Sin embargo, continué, y de vez en cuando la miraba para asegurarme que seguía durmiendo. Pero es que no podía dejarlo para otro momento, sentía la necesidad de escribir en ese mismo instante, para no morir, o simplemente para no olvidar.

Ahora, siento que cierro los labios con fuerza, como aquella madre que abraza a su hijo, segundos antes de que sea fusilado, para no dejar salir aquel adiós tan necesario y tan nuestro mientras recorro las tristes calles de esta ciudad. Melissa, aunque tal vez lo triste no son las calles, me digo. Tal vez la tristeza me ha invadido y me ha cegado, porque Medellín sigue ajena a todo lo que en estos meses nos ha venido sucediendo, tal vez le he otorgado un peso que no ha merecido y la he condenado por algo que nunca hizo, porque no fue ella la que decidió quererte, porque no fue ella la que te hizo dueña de mis domingos, porque ella, no tiene ni idea de que aquella noche -La que nos conocimos- ignoré la cordura y con más whisky que sangre en las venas, me lancé a tus brazos.

‎Peche Benú.

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